Los mejores vinos del mundo

En esta nueva serie, me voy a referir a los grandes vinos del mundo. Aquellos que resisten el paso del tiempo, las modas, los cambios de dueños y enólogos de las bodegas; aquellos que los críticos mencionan una y otra vez como la máxima expresión de algo inolvidable. Desde muy joven tuve la oportunidad de probar cada uno de esos mitos, siempre por placer, nunca por trabajo. Vamos por el principio y el principio siempre es Francia. Burdeos es la región vinícola más conocida -de nombre- en el extranjero, es allí donde encontramos las joyas que brillan con derecho propio: los ‘Château’ Lafite Rothschild, Latour, Haut-Brion, Margaux y Mouton Rothschild.

Son los cinco premiers crus classés. En el corazón de la región de Burdeos, el Médoc -y Graves-, se organizó en 1855 la “definitiva” clasificación de los grandes vinos y solo se incluyeron cuatro. Hubo que esperar hasta 1973 para incluir el quinto de ellos: el Mouton Rothschild. Sin embargo, otras denominaciones -apellations- de Burdeos disfrutan de compartir el término “mejor vino del mundo”: Pomerol con su Pétrus; Saint-Émilion, con su Cheval Blanc; Sauternes y su Château d’Yquem por mencionar algunos. En sucesivas columnas, los iremos catando todos, hoy descorcharemos dos: el Lafite Rothschild y el Pétrus. El Siempre se ha considerado, el primero de los primeros y cronológicamente lo es. El poeta romano Ausonio ya describía esos paisajes vinícolas en el año 325. El viñedo actual se planta en 1670. En 1868, James Mayer de Rothschild adquiere la propiedad a precio de oro; sin embargo, lo anima una corazonada: su banco, -la niña de sus ojos- está en la calle Lafite. Así se escribe la historia, a golpes de intuición. 150 años después la familia sigue siendo propietaria del ahora Château Lafite Rothschild.

El viñedo consta de 110 hectáreas repartidas en tres parcelas. El terroir consta principalmente de grava fina y mezclas muy profundas de arenas sobre una base calcárea. Las variedades se distribuyen 71% cabernet sauvignon; 25% merlot; 3% cabernet franc y 1% petit verdot. La edad media de las cepas es de 40 años. La Gravière -la joya de la corona- data de 1886.


En cuanto al vino, dependiendo de los años y las condiciones climáticas el porcentaje resultante varía: cabernet sauvignon entre 80 y 95%; merlot entre 5 y 20%; los cabernet franc y petit verdot hasta 3%, aunque cuando la ocasión lo permite puede pasar que sólo se utilice una variedad, como la mítica cosecha de 1961 elaborada 100% con cabernet sauvignon. La crianza del vino se da en tanques de cemento y posteriormente se pasa a barricas de roble nuevas por un periodo de 18 a 20 meses que producen entre 15 y 20 mil cajas por año. Otras cosechas famosas se dieron en 1921, 1945 y 1982.

Recientemente, los años 2000 y 2005 resultaron cualitativamente excelentes. Los Chateau Lafite Rothschild salen al mercado con un precio mínimo de 1200 euros por botella, pero pueden alcanzar los 5000 euros para las mejores cosechas. Cabe decir que la cosecha de 1899 alcanzó los 73.000 euros por una botella.

¿Qué se necesita para producir un mejor vino del mundo?

Visión, pasión y dinero. También un buen par de botas. Por supuesto que encontrar un viñedo aceptable, con un suelo y un subsuelo únicos y brillantes, pero aquí es donde entran en juego las botas. En el corazón de Pomerol, Petrus ocupa un pequeño ojal de tierra justo encima de la arcilla más gruesa y pegajosa que jamás haya tocado. Casi un barrizal. Regla número uno para visitar Petrus: nunca llevar un par de zapatos decentes porque no se podrán limpiar
nunca. En la superficie, la arcilla está mezclada con algo de arena, pero a mayor profundidad adquiere un aspecto de tarta, antes de ser mezclada con una roca llamada “casse de fer”, una resuelta capa ferrosa cuyas partículas se han desmenuzado durante milenios; todavía hoy se preguntan si le da una calidad mineral al vino.

Envuelto con profundidad en el exuberante y aterciopelado abrazo que las viejas vides Merlot imparten, hay una veta de frío y brillante mineral que compensa el aroma de kasbah y la sensualidad triste de la fruta de Pétrus. Los viñedos de Pétrus abarcan únicamente 11,5 hectáreas. Originalmente, eran sólo 7, pero tan pronto como en 1878 ganó una medalla de oro en la Exposición de París, la primera hacienda vinícola de Pomerol fue ampliada. La moderna fama del Pétrus es el resultado de la feliz coincidencia de dos visionarios: madame Loubat – propietaria de la hacienda hasta su muerte en 1961- y el marchante Jean-Pierre Moueix, el creador de la fama del Pomerol actual. Ella sabía que su vino era el Burdeos más fino. Él la creyó, y dedicó el resto de su vida a demostrarlo al mundo. El triunfo fue brillante y el Pétrus fue la puerta de entrada al Pomerol.

El Pétrus mantiene la productividad tan baja como les es posible, en parte por la reducción cada julio de su valiosa cosecha. Incluso ha introducido un sistema de drenaje con zanjas de grava que permite a estas arcillas tan densas, eliminar la humedad que no necesitan. Se supervisa la replantación de una hectárea de vides cada ocho o nueve años. Se mantiene la edad media en 50 años, y se preserva tanto tiempo como sea posible las cepas de 80 años de edad, que aportan su pequeña cantidad de néctar concentrado a la mezcla final. El grupo de vendimia de Moueix, formado por unas 180 personas, espera el atardecer -cuando se ha evaporado cualquier gota de rocío-. para recolectar el viñedo entero en dos o tres jornadas hasta la noche, lo que permite recoger la cosecha en el punto de maduración óptimo y minimizar el riesgo de mal tiempo. Es la herencia del amor de sus fundadores por esta localidad que elabora el mejor vino del mundo. El mosto se vinifica en depósitos de cemento, y la crianza se da en barricas de roble durante 12 a 20 meses, dependiendo de diversos factores.

Las añadas míticas recientes fueron: 1961, 1964, 1982, 1989, 1990, 2000, 2005, 2009 y 2010. El precio de salida es de 1000 euros botella; 2500 en un buen año; 6000 por una botella de la cosecha de1961 y hasta 600.000 euros -sí, han leído bien- para coleccionistas compulsivos. Un último apunte. Bebí mi primer Pétrus a los 17 años. Era el regalo que le ofrecieron a mi mejor amigo al cumplir los 18 años. Mi amigo ya no está conmigo, murió a los 36. Pero allí donde se encuentra,
cuando me reúna con él, estoy seguro que me está esperando con una botella de Pétrus. Por él, por ustedes, por nosotros, ¡salud!

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